Santo Hermano Pedro de San José Betancur

Nació el 19 de marzo de 1626 en Vilaflor, Tenerife una de las Islas Canarias. España.

Sus padres fueron: Amador González Betancur de la Rosa y Ana García, sus hermanos: Lucía, Catalina, Juan, Mateo y Pablo.

Don Amador era primo de Juan de Bethencourt el conquistador de las Canarias.

De su padre aprendió el amor a la Humanidad de Jesucristo y de su madre un gran espíritu de oración y un filial afecto a Nuestra Señora.

Su infancia trascurrió en la sencillez de la aldea, vida de familia, pastoreo de las ovejas y oración en la cueva de El Médano.

Su madre mujer buena, quiso organizarlo en santo matrimonio, sin embargo Pedro, atraído por otros ideales y por el testimonio de un pariente, misionero en las Indias, optó por consagrarse a Dios.

Acudió al consejo de su tía, mujer de oración, quien llena del Espíritu le dice: ” tu camino no es el de la carne y el de la sangre, debes salir al encuentro de Dios como Pedro sobre las aguas”. El 18 de septiembre de 1649, por medio de una carta se despidió de su madre y se embarcó rumbo a América; llegó a la Habana donde permaneció un tiempo y aprendió el oficio de tejedor, que más tarde en Guatemala le serviría para ganar su sustento.

El 18 de Febrero de 1650, caminando desde Trujillo (Honduras), llegó a la ciudad de “Santiago de los Caballeros” (Antigua Guatemala). Gravemente enfermo, fue al Hospital Real de Santiago.

Su experiencia como enfermo en el hospital, la realidad social que vio, moribundos en las calles, niños indígenas sin la posibilidad de estudiar, la pobreza… determinan el rumbo de su vida y vio con claridad que Dios le pedía ser el padre y protector de los indígenas, el maestro de los niños y el amigo de los pobres.

Dos años después de su llegada y con el deseo de ser sacerdote, entró en el Colegio San Lucas de la Compañía de Jesús, lee y estudia, pero las dificultades en el aprendizaje del latín, obstaculizan su deseo.

Su sensibilidad espiritual y su profunda piedad lo llevaron a comprender con claridad los misterios de Dios. Su tiempo lo ocupaba en el estudio, la oración y el trabajo como tejedor.

Por consejo del director espiritual abandonó los estudios y se trasladó a la Iglesia del Calvario como superintendente de la construcción de esta Iglesia. Su vida espiritual y el compromiso con las obras de caridad atrajeron a otros que se le unieron a su obra, reunió un grupo de doce hombres espirituales -como doce fueron los discípulos del Señor- para hacer oración, alabar al Señor, honrar a su Santa Madre, y dedicarse a las obras de misericordia.

En 1655 vistió el hábito de terciario franciscano, y atraído por el “poverello de Asís”, continuo en el ejercicio de las obras de Misericordia.

Fueron sus manos consuelo, ayuda, caricia tierna y pura, pero sobre todo fueron las manos de Dios que llenas de amor aliviaron el dolor de la humanidad.

El amor a Nuestra Señora de Belén, a Cristo Crucificado, a la Sagrada Eucaristía y al Misterio de la Natividad, entre otras, fueron las devociones que marcaron su espiritualidad y su dinamismo apostólico.

En 1660 con limosnas y donaciones abrió la Casa Belén, casa del pan y la misericordia, hogar para convalecientes pobres y personas sin techo, escuela de primeras letras y catequesis para niños y oratorio.

Este fue el comienzo de la historia de la orden Bethlemita.

Pedro recorría las calles de la ciudad repicando una campanilla y llamando a la conversión diciendo: “Acordaos hermanos que un alma tenemos y si la perdemos no la recobramos.”

Murió el 25 de abril de 1667 en Guatemala, dejó como sucesor al Hermano Rodrigo de la Cruz, marqués de Talamanca y antiguo Gobernador de Costa Rica y Guatemala, a quien atrajo por sus virtudes, el amor a los pobres y su generosa dedicación a ellos.

Nació, así, una nueva Orden, que alcanzó aprobación pontificia con votos solemnes, al servicio de la caridad y misericordia.

La vida de su fundador se prolongó a través de hospitales y escuelas que lograron un alto reconocimiento.

Se extendieron a México, Cuba, Argentina, Perú, Ecuador y Colombia.

El compromiso de los Hermanos Bethlemitas con la independencia de los pueblos americanos dio ocasión a que las Cortes de Cádiz suprimieran la orden en 1820.

El último fraile Bethlemita en Guatemala, dio el hábito de la orden a la joven Vicenta Rosal (Encarnación) llamada por designios de Dios a restaurar la rama femenina de la Orden, quien por especial designio del cielo recibe la misión de anunciar y propagar los dolores íntimos del Corazón de Jesús y a continuar su presencia en los varios países de América a donde llegaron y ejercieron su servicio de caridad los Bethlemitas que entraron en la historia del nuevo mundo como fundadores de hospitales de gran prestigio donde ejercieron  la medicina y ayudaron eficazmente a los enfermos.

El pueblo lo aclama y la Iglesia lo reconoce Santo

Es canonizado por el Beato Juan Pablo II el 30 de julio de 2001 en la Ciudad de Guatemala.